Crónica de la Obra: “La vida compartida” (de Pablo Caramelo) por el Lic. Raúl Santiago Algán

Desde que el mundo es mundo el arte siempre anduvo molestando. ¿A mí? ¿A vos? Claramente no. Siempre estuvo molestando fue a los que (turno a turno) han estado en el poder. Lo peor que le puede suceder a una nación es quedarse sin arte, lo peor que le puede pasar a un gobierno es que el arte cope los espacios y junto a esto, que los jóvenes copen el arte. Cuando comenzó la función de “La vida compartida” este cronista disparó para este lado al ver como los actores copaban la escena y se apropiaban del espacio. El teatro de nuestra ciudad, ese intangible emocional que nos da la identidad, está en plena ebullición y lo llena todo. Los viernes a las 23.00Hs, el Abasto Social Club se llena de esto y al igual que un guante, se da vuelta para mostrar las costuras.

No les voy a mentir. Al comenzar la función, me llevó un buen tiempo entender la propuesta. No les voy (insisto) a mentir, la comprendí antes de aplaudir el final de la pieza. Es que la trama comienza con un grupo de insurrectos (que al menos dan esa sensación) apiñados en un “oikos” que secuestran el cajón del líder político que les dio la vida en el “ágora”. Tras el ingreso del cajón comienza un vomito ideológico que solo cobra sentido después del giro dramático que con habilidad, el autor y director de la pieza introduce en el hecho dramático con perfecta armonía.

“¿Y si todo fuese una parodia?” sentencia un personaje mientras apunta con un arma a otro que se protege con un libro. ¡Con un libro! (#SeMePiantaElLagrimon). La propia obra dialoga consigo misma. Durante el ya mencionado “vomito ideológico” la pieza responde a todos los postulados de una modernidad que descansa sobre la razón, la perfectibilidad humana y los conceptos en abstracto. Después del ya mencionado “giro dramático” la posmodernidad con sus cuestionamientos, sus heridas narcisistas (en los términos que lo plantea Esther Díaz) alcanza el escenario y le da una cachetada a la platea. (La cachetada va sin guante, o a lo sumo con las costuras para afuera).

Un vestuario absolutamente coherente acompaña la trama como una funda. No quisiera que este detalle pase desapercibido ya que un buen vestuario es fundamental para que el espectador ingrese en la convención teatral sin desconectarse de su situación expectante. Lo mismo sucede con la escenografía: les permite a los actores desplazarse por el espacio con habilidad. Las luces, si bien correctas, carecen de esa personalidad que si tienen las demás áreas artísticas mencionadas. No obstante, sin lugar a dudas, es el elenco, homogéneo, dinámico y sensible lo que le da vida y color a ese duelo entre modernidades. La puesta en escena y la dirección de actores (huelga decir que sin una buena materia prima como la ductilidad actoral no se llega a nada) hacen que los interpretes se luzcan con merecida disposición. Es que lo más de difícil de lograr en las artes escénicas es la armonía entre los signos que se representan. Este problema, no alcanza a este guantazo de realidad.

¿El desenlace? Tranquilos… “Falta… Falta…” debemos esperarlo como se espera el retorno del líder. Mientras tanto: “sigue la fanfarria, amateur por donde se la mire”. En definitiva, se encontrarán con una propuesta teatral que va a disparar un gran debate en la cena post-función.

Ficha técnico artístico

  • Autoría: Pablo Caramelo
  • Actúan: Federico Iglesias, Diego López, César Riveros, Luciana Serio, María Viau
  • Realización de vestuario: Mauro Petrillo
  • Música original: Joaquín Daglio
  • Operación de luces: Brian Brown
  • Diseño: Bibiana Alflalo
  • Fotografía: Agustina Sentana, Tomas Serio
  • Asistencia de dirección: Nery Mucci
  • Prensa: Paula Calo
  • Producción ejecutiva: Nery Mucci
  • Coaching De Canto: Ingrid Liberman
  • Dirección: Pablo Caramelo

Funciones: Viernes 23hs. en Abasto Social Club (Yatay 666), Tel.: 4861-7714

La vida compartida

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